La niña, la lluvia y el viento.


Imagen de Auotia de Laura Diehl, sacada del blog http://ldiehl.blogspot.com/2007_03_01_archive.html




Erase una vez una niña a la que le gustaba jugar a volar, especialmente en los otoños dorados de junio en los que los demás niños volaban sus cometas, mientras ella se dejaba levantar por el viento y alborotar los cabellos y volaba tan lejos como le permitía la fuerza del viento hasta que poco a apoco su soplido se transformaba en susurro y ella se dejaba caer en el manto color tierra formado por la hojarasca.


 

Sin embargo en el pueblo la gente comentaba con sorpresa aquella extraña proeza que algunos aldeanos no comprendían y temerosos levantaban historias de hechizos y brujerías, y así pronto empezaron a evitar a su familia al punto de marginarla, y a los niños de pueblo ella les atemorizaba.


 

Pronto en su colegio, empezaron a odiarla, pues le envidiaban y le temían a dosis muy pares, por eso ella se volvió un ser solitario, callado y esquivo, sintiendo ese don tan especial como un suplicio, un martirio, pues los niños en su inocencia son los seres más crueles y la lastimaban constantemente, hostigándola y humillándola.
Ella con tristeza corría tan lejos como podía para olvidar el dolor y la tristeza, corría a las colinas donde se arrojaba con lágrimas en los ojos y se elevaba lejos, tan lejos que su figura se ahogaba en el firmamento y rosaba las nubes con las yemas de los dedos, hasta que alcanzaba a sus sueños y la confortaban.


 

A pesar de ello, hubo una oportunidad en que sus lagrimas no dejaron de caer, y de sus ojos los sueños se escurrían ardientes de dolor y se esfumaban a cada gota de sus interminables lagrimas, sus lamentos eran como truenos que retumbaban en el horizonte, mientras las nubes entristecían y pintaban de gris el cielo.
Ella lloraba, lloraba sin consuelo tanto que el sol afligido ocultaba todo brillo, y así fue como con el tiempo ella creo el aguacero.

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